Quizá ya no haya muchas personas que crean en la magia. No sólo en la de magos y brujas con varitas, sino en la que vivimos día a día. La de los momentos mágicos que no se olvidan por muchos años que pasen.
A veces me alegra pensar que a algunos nos enseñaron esto de pequeños. No nuestros padres ni los profesores del colegio. Lo aprendimos en un libro. Dentro de un libro. Algo tan insignificante formado por dos tapas duras color amarillo pálido y 254 páginas escritas por las dos caras. El que atrapó a millones de personas y el que muchos de nosotros tenemos en la estantería de nuestra habitación rodeado de otros libros, como si se tratara de uno más, junto a otros seis de su misma especie.
Desde que tenía siete años supe que ese libro no era uno más. Era especial. Era el principio de una historia, una gran historia. La que nos hizo soñar con estar en Griffindor, intentar pronunciar hechizos impronunciables, como Alohomora, tomar poción Multijugos y Suerte líquida hechas con zumos y refrescos y querer volar en escoba para poder jugar al Quidditch. También temblamos con ''El que no debe ser nombrado'', Voldemort para los amigos. Hizo que hubiéramos querido nacer con una cicatriz en la parte derecha de la frente con forma de rayo o llevar gafas redondas que se arreglaran con Óculus reparo, tener una lechuza o que por la chimenea de nuestra casa entraran miles de cartas con el sello de Hogwarts invitándonos a entrar. Lástima que todo lo bueno llega al final.
Las personas que nos sentimos o nos hemos sentido así, hemos crecido con esto y lo hemos llevado a la vida real sabemos lo que es en realidad la magia. Porque la magia hay que vivirla para poder creer en ella.
THANK TOU, HARRY

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