viernes, 24 de junio de 2011

TERCEROCÉ

El verano llama a la puerta, y le dejamos entrar sin preguntar ni siquiera quién es. Los días lluviosos y el tiempo indeciso dejan paso al sol constante y a los días largos pero que se hacen cortos. Las jornadas de piscina, granizados y juegos de cartas sustituyen a las tardes aburridas entre libros que todos odiamos. Y por no hablar de las primeras quemaduras que confiamos en que se conviertan en piel morena, hasta hacernos parecer conguitos. Lo esperamos con entusiasmo y nos encanta, pero a veces no nos damos cuenta de lo que hemos dejado atrás.
Los lunes a primera hora salpicados de bostezos y retrasos. Girar la cabeza y ver esas caras de sueño que piden a gritos cinco minutos más. El olor a bocadillos recién hechos que se desliza y sube desde la cantina al segundo piso, entrando a nuestra clase por las ventanas abiertas. Las risas en Sociales y los dibujos que llenan la parte de atrás de la libreta de Biología. Los recreos y cambios de clase antes de los exámenes intentando memorizar las palabras más difíciles, o simplemente apuntándolas en las manos de los demás. Las imitaciones de profesores con voz ronca y grave, o ese acento valenciano que parece catalán. Gastar tres bolígrafos azules en un examen sabiendo que no servirá para nada. Tumbarnos sobre las mochilas a las 8:30h en la puerta del taller de tecnología, antes de pasar las dos horas más aburridas de nuestras vidas hasta que llegue la semana que viene, que sin duda superará a la anterior. Y esa cena escuchando monólogos de algunos que llevan varias cervezas de más, mientras me niego a beber tinto de verano llenando mi vaso de agua repetidas veces.
Ahora que el curso ha acabado me doy cuenta de que tal vez no me hubiera importado tanto si el verano se hubiera retrasado un poco más.


Gracias por todo, TRECEROCÉ.

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